Durante años me repetía: “Solo necesito dormir más”. Pero no importaba cuántas horas pasara en la cama, seguía despertando como un zombi.
Daba igual si me acostaba temprano. Daba igual si dormía ocho horas completas. Daba igual si dejaba la cafeína, usaba cortinas opacas o seguía cada truco de sueño que veía online.
Las mañanas eran una batalla. Levantarme de la cama era casi imposible. Arrastraba el cuerpo todo el día, al límite, sin poder funcionar.
Hasta que una mañana me perdí un brunch familiar—no porque se me olvidara, ni porque estuviera enferma—sino porque físicamente no podía levantarme de la cama.
Mientras miraba el móvil vibrando, mi cuerpo pesaba una tonelada. Los brazos no me respondían, la mente estaba nublada, y apenas podía mantener los ojos abiertos.
Ese fue mi punto de quiebre—el momento en el que supe que necesitaba una solución real.
Lo que no sabía todavía era que Wellamoon sería lo que finalmente me ayudaría a entender qué estaba fallando.
Luché durante años… hasta que descubrí el secreto del sueño del que nadie habla